viernes, 8 de mayo de 2020

AGRESIÓN IMPERIAL A VENEZUELA TRAS PASAR POR GUATEMALA, CUBA, NICARAGUA…


Fuentes: Rebelión

La «Guerra Integral» ha sido una estrategia estadounidense para desestabilizar a gobiernos que no responden a sus intereses. Guatemala la estrenó en 1954 con un golpe de Estado. Luego siguió Cuba, luego…

Richard Nixon, vicepresidente de Dwight Eisenhower, se ofreció para supervisar los preparativos de invasión a la Cuba revolucionaria. Era marzo de 1960. Allen Dulles, jefe de la CIA, sería su segundo. John Foster, hermano de Allen y jefe del Departamento de Estado, no podía faltar.

Además de ser pesos pesados, tenían el prestigio de haber derrocado en Guatemala al gobierno demócrata de Jacobo Arbenz, en junio de 1954. Ahí, bajo responsabilidad de CIA, se había utilizado por primera vez la «Guerra Integral»: acciones psicológicas de propaganda (creando emisoras y pagando a los principales medios para que se propagaran mentiras que infundieran miedo, como la llegada del comunismo perverso y ateo); el cerco diplomático (apoyándose en la OEA y la ONU); y el saboteo económico (nadie podía venderle ni comprarle).

Ah, sin olvidar a las fuerzas paramilitares mercenarias que la CIA preparó y armó en Honduras y El Salvador, las que entraron al país e hicieron huir al presidente, ante un pueblo inmovilizado. Las reformas para mejorar la vida de las mayorías, indígenas bien pobres, emprendidas por Arbenz humo se volvieron. La reivindicación ante Washington del derecho a la soberanía nunca se volvió a mencionar.

En Washington estaban seguros que aplicando la experiencia guatemalteca, Fidel Castro y los suyos caerían más rápido que contar hasta dos. Había que extirpar al «mal ejemplo», ese que mostraba que era posible dar vivienda, salud, tierra y educación a los pobres. Además, horror de horrores, los revolucionarios reivindicaban la soberanía ante los designios de Washington.

Llegó el saboteo económico: dejaron de comprarle azúcar, principal fuente de divisas. También amenazaron a países con represalias si le vendían o comproban. Había que doblegar a su pueblo por hambre; o hasta que se levantara contra su dirigencia (Washington persiste, la Revolución no cede).

Llegó la guerra psicológica. Desde sus inicios fue tan perversa que la prensa, principalmente de América Latina, llegó a repetir que Fidel, comunista y ateo, había ordenado arrebatar los niños a los padres para enviarlos a Moscú, donde los mataban, trituraban y devolvían en conservas. No miento ni exagero. Aunque más se repitió que Cuba era un peligro para nuestra civilización cristiana y la democracia (persisten en repetirlo).

Mientras se daba el cerco diplomático, que tuvo una primera cúspide con la expulsión de la OEA (la declaración fue redactada por la delegación colombiana).

Dos novedades se añadieron a lo utilizado contra Arbenz: una, liquidar a los jefes de la Revolución, empezando por Fidel y Raúl Castro y al Che Guevara; dos, para esto realizaron acuerdos con la mafia italo-estadounidense, que aceptó gustosa pues la Revolución estaba cerrando sus negocios.

Ah, y claro, la CIA creó una inmensa fuerza mercenaria que entrenó en Miami y Centroamérica, principalmente en Guatemala. Ya era presidente John Kennedy cuando salieron desde Guatemala hacia Bahía de Cochinos cinco barcos «mercantes», cuya mercancía eran unos 1500 mercenarios muy bien armados. El 17 de abril de 1961 tocaron tierra cubana, apoyados por aviación.

Los revolucionarios estaban modestamente armados. En Washington se sabía. Con la prepotencia que ya los caracterizaba, seguramente vieron como «mierditas» a milicianos, obreros, campesinos y pescadores que los iban a enfrentar. Jamás imaginaron encontrar a la unión cívico-militar convertida en un escudo repleto con dignidad de Patria.

En 72 horas el imperio estadounidense recibió la primera derrota militar de su historia (luego llegaría Vietnam). Y tuvo que tragarse el amargo de su propia mierda, pues Kennedy debió aceptar públicamente la humillación.

Qué hermoso es ver esas imágenes donde los mercenarios capturados, con rostro de vencidos y pánico, son vigilados por orgullosos jovencitos.


En julio de 1979 la guerrilla Sandinista se toma el poder en Nicaragua, acabando con cuarenta años de la sangrienta dictadura de los Somoza, creada y siempre amamantada por Washington.

Inmediatamente los sandinistas empiezan a repartir tierras, viviendas, educación y salud. Hacían milagros, pues el país estaba en la miseria, no solo por la larga guerra de liberación sino porque los Somoza, sus amigos y las empresas estadounidenses se habían llevado todo lo de valor que pudieron cargar. Además, horror de horrores, los revolucionarios reivindicaron la soberanía ante los designios de Washington.

En enero de 1981 el mediocre actor de cine, Ronald Reagan, llegó a la Casa Blanca. Su vicepresidente fue George Bush, de familia petrolera en Texas, venía de ser el jefe de la CIA. Veinte años atrás había coordinado los «mercantes» que llevaron a los mercenarios hacia Bahía de Cochinos. Durante ocho años este gobierno funcionó así: Reagan hablaba y sonreía, mientras Bush manejaba todo. Y todo, quiere decir ¡todo!

En su primer discurso Reagan repitió lo repetido como candidato: el gobierno Sandinista «constituye una amenaza excepcional para la seguridad de Estados Unidos». Incrédulos, muchos sonreímos, pues era difícil creer que asegurara esto de una de las naciones más pobres del mundo. Pero se vino sobre Nicaragua, la revolucionaria que quería dejar cenicienta, toda la maldad de la primera potencia del universo y sus alrededores.

Se le aplicó con saña la «Guerra Integral» de Guatemala, pero mejorada con lo aprendido en Cuba, y actualizada con lo realizado contra el derrocado gobierno de Salvador Allende en Chile.

Es así que casi todo el equipo de expertos de la CIA que habían actuado contra Guatemala, Cuba y Chile fueron ahí aprovechados.

La guerra psicológica fue constante: radios desde Honduras, El Salvador y Costa Rica (la «neutra»), contaban de crímenes horribles cometidos por Sandinistas, que jamás habían sucedido. También narraban que se estaban enviando niños a la Cuba comunista para comerlos. Que los abuelos eran matados para convertirlos en el jabón que estaba faltando en los mercados. Quien no me crea que busque: no tendrá que escarbar mucho en Google para encontrar las fuentes oficiales.

Llegó cerco diplomático (apoyándose en la OEA y la ONU).

Llegó el saboteo económico (nadie debía venderle ni comprarle). Había que acabar con la Revolución doblegando a su pueblo por hambre; o hasta que se levantara contra su dirigencia.

Ah, sin olvidar a las fuerzas paramilitares mercenarias que la CIA preparó y armó en Honduras, El Salvador y Costa Rica (la «neutra»): Reagan las denominó «combatientes por la libertad», como igual hizo con los Talibanes en Afganistán. Para nosotros eran simplemente la «contra», de contrarrevolución: Aunque por los crímenes que cometieron contra mujeres, niños y ancianos la palabra debió ser criminales terroristas.

Pero el 6 de octubre de 1986, el vicepresidente Bush creyó que el mundo se le venía encima, al conocer una noticia que se volvía mundial: había sido capturado en las montañas nicaragüenses un estadounidense, Eugenio Hasenfus, luego que su avión hubiera sido abatido. Estados Unidos siempre había negado su participación en la guerra antisandinista, y en los restos del avión se encontraron demasiadas pruebas sobre ello. Tantas, que el camino iba hasta la puerta del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, que encabezaba Bush.

Pero no solo eso.

Es que a la «Guerra integral antisandinista» se había sumado otro elemento: su financiamiento con la cocaína colombiana: Esto sucedía en momentos que el gobierno estadounidense tenía montada una increíble campaña mediática mundial contra el tráfico de cocaína, donde Pablo Escobar y otros mafiosos colombianos eran el supuesto objetivo.

Pocos meses después del derribo del avión, el senador John Kerry, quien llegaría a ser secretario de Estado del presidente Obama, expondría un informe donde dejaba en claro que el Consejo Nacional de Seguridad había negociado con los mafiosos colombianos para que le entregaran cocaína a la CIA. Esta, en sus aviones, la llevaba hasta bases militares en territorio estadounidense; la vendían en las calles, y con el dinero compraban armamento para la contra nicaragüense, pues el Congreso tenía prohibido financiar sus actividades militares.

George Bush se salvó de ser destituido porque los partidos Demócrata y Republicano se pusieron de acuerdo en parar todo aquello. Para acabar de callar todo, siendo ya presidente invadió a Panamá en diciembre de 1989 para capturar a su socio narcotraficante, el presidente Manuel Noriega…

Aún me emociona ver las imágenes de aquel fornido hombre blanco, de rostro preocupado, casi con miedo, atado las manos por una simple cuerda que tira un jovencito, que iba acompañado por otros de su edad. Cumplían el Servicio Militar Patriótico. El día anterior, el 5 de octubre, ellos mismos había derribado el avión con un tiro de bazuca, que los milicianos llamaban orgullosamente “misil”. Los otros dos yanquis que componían la tripulación murieron.
nica1

La llegada de Hugo Chávez Frías a la presidencia venezolana no fue vista con buenos por los Estados Unidos y sus aliados, porque empezó por exigirle a las transnacionales que pagaran lo que valía el petróleo. Luego siguió con las nacionalizaciones. Mientras lo hacía, horror de horrores, reivindicaba la independencia ante los designios de Washington.

Ya sabemos la respuesta: empezó la «Guerra integral», la misma aplicada contra Guatemala, Cuba, Chile, Nicaragua, aunque bien modernizada al utilizar todos los medios electrónicos y de comunicación existentes.

No les resultó un golpe de Estado en abril 2002, porque el pueblo obligó a los golpistas a devolver la presidencia.

Llegó el saboteo a la explotación petrolera y a la exportación del crudo, con los consiguientes efectos sobre todos los renglones de la economía. Además Washington decidió castigar a quienes le vendieran productos básicos para la población y la industria.

Llegó la guerra psicológica, donde casi todos los medios empezaron a culparlo de los males del país y la región. El fantasma del comunismo con sus “perversiones” fue lanzado sobre la población.

Se empezó el cerco diplomático (con la OEA en primera línea, y la Unión Europea haciendo lo que Washington decida).

La CIA, junto al criminal Ejército de Colombia y sus narco-paramilitares se dedicaron a la preparación de los mercenarios venezolanos en territorio colombiano. Para su financiación, un trozo importante les fue llegando desde el tráfico de cocaína.

Murió Chávez por extraño cáncer y asumió Nicolás Maduro. Entonces la guerra se intensificó hasta lo inimaginable, intensificando su maldad criminal contra la mayoría de la población, al intentar doblegar por hambre su lealtad al chavismo.

En marzo 2015 el presidente Obama declara que la seguridad de Estados Unidos está en peligro por culpa de Venezuela, y por lo tanto declara a la nación sudamericana amenaza «inusual y extraordinaria». O sea que la más grande potencia militar del universo y sus alrededores tiene derecho a defenderse como lo crea necesario.

A toda esa parafernalia de guerra no declarada, se sumó la decisión del siguiente presidente, Donald Trump, de pagar por la captura o muerte del presidente Maduro, del ministro de Defensa, de Diosdado Cabello y otros dirigentes dizque por narcotraficantes. Mientras se abraza con el principal narco-Estado del mundo: Colombia.

Ante la tozudez de la mayoría de la población bolivariana, todo se ha ido preparando para una invasión. Hasta crearon un pelele, llamado Juan Guaidó, que se declaró «presidente encargado», como ya había sucedido en Afganistan, Irak, Iran, Siria. Con la diferencia que esos peleles por lo menos tenían unas milicias con territorio dentro de los países. Guaidó, un pelele que no tiene autoridad ni ante un policía de tránsito.

A la madrugada de este 4 de mayo un grupo de esos mercenarios intentó ingresar a Venezuela, desembarcando en unas playas que quedan a una media hora en carro de Caracas. Fueron capturados. Al día siguiente otro grupo cayó.

Me produjo inmenso placer el ver la imagen de un pescador de piel negra, en chanclas y ‘chores’, con un viejo revolver en la mano, tener con los brazos en alto, rendidos, a un grupo de mercenarios que llegaban bien armados.

Más felicidad me produjo el ver cómo dos mercenarios estadounidenses, con experiencia en varias guerras por el Medio Oriente, estaban entre los capturados: los tenían por tierra y esposados con hilos para pescar. Se dice que uno de ellos hizo parte de la seguridad del presidente Donald Trump.

En Washington, Bogotá y otros lares tiene que estar arrepintiéndose se haberse burlado de esos “incapaces”, de esas “mierditas” que componen a las Milicias Bolivarianas. Sus integrantes, esos pescadores, por ejemplo, como parte de la unión cívico-militar, les han dado en la jeta.

No se por qué imagino que esos pescadores, hombres y mujeres, de piel negra o cobriza, les gritaron a esos yanquis: ¿¡Qué se les perdió por aquí, coño e su madre!?

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